Necrológica en memoria del Excmo. Sr. D. Alfredo Robledo Aguilar

Excmo. Alfredo Robledo Aguilar

Mi objetivo hoy aquí, señoras y señores académicos es recordar al maestro Alfredo Robledo. Como es de esperar en estos actos protocolarios debo realizar un “portrait” es decir un retrato dentro del contexto de su vida profesional y académica. Les advierto que soy consciente que una imagen siempre es solamente un recorte de una película de la vida.

El ser humano es un estado mental neuroquímico por lo que me permite usar la fantasía en este momento aquí y ahora. Por ello quiero imaginar que Alfredo esta aquí presente en su sillón nº 18 escuchándonos como lo ha hecho desde su toma de posesión desde el 2004. Hola Alfredo entrañable amigo. Estoy convencido con el poder que me da la neurociencia que después de escucharme, sus emociones ya no serán las mismas. Por ello creo en la importancia de estas sesiones necrológicas que pasan de ser una actividad tradicional y triste a configurar un paso más en el enriquecimiento de nuestro intelecto, con el recuerdo.

El maestro Robledo nació en La Ceiba de Honduras, el 15 de septiembre de 1931. Su padre gallego de nacimiento era médico que emigra a Centroamérica en donde intenta realizar su proyecto vital. Conoce una hondureña Antonia con la que tiene dos hijos Teresa y Alfredo. En la Ceiba además de médico era responsable de la farmacia del hospital.

Aquí la familia vive una de las experiencias que el mundo moderno y desarrollado intenta resolver. Me refiero a la lucha contra las pandemias. Su padre enferma de malaria y está a punto de fallecer. Deciden entonces volver a España y según palabras de su hija Teresa, siempre recordaba el olor del barco que les trajo de vuelta. Desgraciadamente su hermana pequeña muere poco después de llegar a nuestro país, afecta por esta enfermedad parasitaria. Se me parte el alma saber la cantidad de muertes que genera esta enfermedad que alcanza cifras por encima de 409.000 entre más de 229 millones de infectados. Quiero rendir tributo, antes de empezar mi disertación, a los familiares de estos héroes que han perdido su vida en esta batalla desigual.

La familia se instala en Pamplona donde su padre se establece y dirige el Servicio de Dermatología del hospital Civil de Navarra. Estudia en el Colegio de los Escolapios y a los 17 años, animado por su padre se traslada a Madrid donde estudia medicina en la Universidad Complutense. Obtiene el título de Licenciado Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad Complutense (1963). Antes de acabar la carrera trabaja como alumno Interno (1952-54) y Médico Interno (1958-62), ambos puestos obtenidos por oposición, de la Beneficencia Provincial de Madrid. Se matricula en la escuela de Dermatología y obtiene el título de especialista. Oposita entonces de nuevo y obtiene plaza de becario escogiendo el Servicio de Dermatologia del Prof. Gómez Orbaneja en el hospital San Juan de Dios. En el pasa varios años formándose y trabajando con el que sería su maestro y mentor. Tras la inauguración de la clínica de la Concepción, el Profesor Gómez Orbaneja, le anima a optar a una plaza en su Servicio y permanece en esta institución durante 8 años. Siempre dijo que fueron los años en los que más aprendió y que marcaron toda su trayectoria posterior. En mi reciente artículo sobre Segovia de Arana destaco lo que el azar ha deparado a las profesionales que coincidieron en esa etapa de su formación con el maestro Jimenez Diaz. El espíritu y dinámica de la clínica de la Concepción ha marcado a los que allí se han formado, con el sello de la medicina científica y la pasión por el enfermo como problema personalizado. Pero lo que más le distingue es su disposición a aceptar el reto que supone, abordar la medicina moderna siguiendo las pautas más vanguardísticas en aquella época, en base a la medicina basada en la evidencia científica.

Su padre juega en su vida un papel determinante que va mas allá de ser su progenitor, al convencerle que debería aceptar la proposición de su mentor el profesor Gómez Orbaneja a optar en unas oposiciones a la Cátedra de Santiago de Compostela que alcanzó de forma brillante en 1964. Por ello comentaba irónicamente que esa cátedra era de su padre ya que le había ayudado incluso a preparar temas de dichas oposiciones. Se incorpora en 1965 a la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago de Compostela. Algunos de ustedes conocen que pasé nueve años de mi vida en ese lluvioso museo del arte. De nuevo con mi fantasía, sobre la realidad vivida, imagino el esfuerzo descomunal de organizar un servicio y una cátedra prácticamente sin cimientos. La mayoría de ustedes recuerdan que fue mi padre el que llevó a cabo el traslado del Hospital que se ubicaba en las instalaciones del actual Hostal de los Reyes Católicos, al Hospital Clínico actual, que luego se convertiría en Parador Nacional. España era un país subdesarrollado que en su dinámica de progresión alcanza en los 60s lo que se ha venido en llamar un “turning point“. Aquí solo determinados profesionales interpretan la necesidad de incorporar un nuevo concepto de la práctica de la medicina y de la educación médica. La formación adquirida con su mentor Gomez Orbaneja en la Fundación Jiménez Díaz, le lleva a incorporar estas nuevas herramientas de la medicina científica para crear, reparar y reestructurar la cátedra de Dermatología. Potenció además a lo largo de su vida la Sociedad Gallega de Dermatología. Quiero imaginar que fueron días felices no sólo por disfrutar la “terra del seu pare” sino porque terminó de configurar a su fabulosa familia ya que fue en Santiago donde nacen los 4 hijos. Su esposa y única novia Inmaculada, a la que conoció por la amistad con unos primos suyos de Pamplona, decía que o se casaba con Alfredo o no se casaría con nadie más. Respetó vivir con una persona dedicada a su vocación y en realidad podría afirmar que vivió para él. Como buena navarra es alegre, charlatana y aficionada a la buena mesa.

Como en la mayoría de seres humanos su vida estaba en manos del azar y le hizo coincidir con figuras tan rutilantes en nuestra historia moderna de la medicina como Domínguez Carmona, Cadorniga, Espinós y el profesor García Sánchez entrañable amigo. El profesor Cabré con el que me unió una gran amistad que mantengo con su viuda desde Barcelona era a la sazón después de haber pasado por Cádiz y Universidad Autónoma de Barcelona el catedrático de dermatología de la Complutense. Su prematura muerte le lleva al maestro Robledo a incorporarse como catedrático al servicio del Hospital Clínico de San Carlos. Su estancia en Galicia le convirtió en el santo grial para los pacientes gallegos que venían en peregrinación a Madrid a verse con él. Su producción científica como gran clínico lo refrendan las más de 150 publicaciones.

A nivel personal a parte de su sincera amistad fue mi experiencia vivida en el Clínico al compartir con él la docencia. Su talante conciliador y la predisposición a incorporar los nuevos modelos de enseñanza que requerían una reorganización de los departamentos dando un nuevo significado a las cátedras era desde mi perspectiva su gran acervo. De tal manera fue el director del Departamento de medicina II desde 1988 al 2000 donde se prestaba especial atención a la enseñanza personalizada y la coordinación e integración de las enseñanzas del curriculum. La marca de su personalidad carismática, era la serenidad que nadie como él emanaba en el juicio clínico sobre lo que veía y tocaba/rascaba. Este carisma era bien apreciado por sus pacientes, discípulos y alumnos. Hasta su nombramiento de emérito en el 2002 fue galardonado como Miembro de la Academia Española de Dermatología y Venereología (1956) y Presidente de su Sección Gallega (1976-81). Miembro Correspondiente de la Sociedad Portuguesa de Dermatología y Venereología (1965) y de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Galicia (1972). Miembro de la Sociedad Nacional de Alergia e Inmunología Clínica (1965) y Vocal de su Junta Directiva (1972-76). Consejero Asesor de la revista “Piel” (1985). Consejero Editorial de las revistas “Nuevos Archivos de la Facultad de Medicina” (Idepsa, 1985) y Scientific American Medicine Emisa (1987). Medalla de Servicios prestados a la Universidad (Madrid, 2001). Autor de un libro sobre “Alergo-Dermatología Clínica” (2003).

Me gustaría destacar que no era sedentario, pues practicaba el frontón y tenis con asiduidad. Le encantaba el campo y la naturaleza, pero en palabras de su familia nada como nadar en su mar de Galicia. Entre sus hobbies destacaría su amor a la música clásica y de forma particular la Zarzuela y el “Country music”

El programa dictado por sus genes para envejecer terminó expresando la enfermedad degenerativa cerebral que he vivido con su hija Teresa estos últimos años. La reunión que celebramos ayer en este mismo recinto, para conmemorar el 40 aniversario de la Fundación Fernandez-Cruz ofreció el mensaje que quiero compartir. En La Lección magistral dictada por el genetista Profesor Manel Esteller señaló que el libro de la vida constituidos por  los genes se expresan o no, por los parámetros epigenéticos. De forma brillante ilustró con los estudios de su laboratorio y el esfuerzo de la hercúlea investigación en este campo, como la mayoría de procesos como la obesidad la diabetes, el cáncer, esquizofrenia y enfermedades degenerativas como el Parkinson y Alzheimer no son más que la expresión del daño en el epigenoma. La imagen de un gran iceberg en el que lo que emerge de la superficie del agua el genoma y debajo de la misma el gran epigenoma es la situación actual en la ciencia.

Esto me lleva de la mano para terminar con algunas reflexiones que su muerte evoca en las circunstancias de nuestro querido Alfredo. Empezaría por afirmar que hay, ha habido y habrá siempre gente que ve en la muerte una solución a sus problemas. En uno de sus primeros ensayos, Albert Camus escribió “que el suicidio es clave para responder a la pregunta fundamental de la filosofía; quienes eligen la muerte dan una respuesta negativa a la pregunta de si la vida tal cual merece ser vivida.”

Alfredo Robledo era un profundo creyente y asumió su enfermedad con una entereza envidiable. Fue siempre consciente que el ser humano es incoherente desde la perspectiva de una coexistencia de sentimientos contradictorios todos al mismo tiempo tentados por Dios y Satanás.

El consejo de Jesucristo “quien quiere salvar su vida la perderá pero quien de su vida por amor hacia Mi la salvará” era su máxima. No existe actividad humana más sublime que la de sacrificarse por el otro.

No quiero sonar triste y muriente, llorando al que se fue para siempre que amaba la estética de las cosas pequeñas y que es algo más que un nombre. Alfredo amó muchas cosas que son queridas hoy para nosotros.

Creo que había nacido con un carácter armonizador o también considerado naturaleza comunicativa, por lo que su corazón mugiente de bondades y de proba benevolencia veía que los conflictos entre los hombres y pueblos podían ser resueltos sin violencia mediante mutua tolerancia ya que caen de lleno en el dominio de lo humano

Hay algo que me inquieta sobremanera y es la de saber si realmente merezco el honor que la Academia acaba de dispensarme, con su preceptivo incondicional agradecimiento al Maestro Alfredo Robledo Aguilar que nos deja una huella imborrable y que siempre será nuestro.

 

 

Arturo Fernández-Cruz

Presidente Fundación Fernández-Cruz

Catedrático de Medicina UCM

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