CII. 6. ¿Qué reclama el pueblo?

El conflicto entre la convicción y el deber es lo que determina el futuro. El mundo se vuelca ante la pandemia cantando un himno de unidad, trocando la patria por la humanidad y la salud sobre la economía. La inmensa mayoría de los españoles quieren además un pacto entre todas las fuerzas políticas para luchar juntos contra el Covid-19.

Comparto el pensamiento Unamuniano que “si un hombre nunca se contradice será porque nunca dice nada”, con ello queremos exculpar los errores no intencionados. Sin embargo, estoy convencido que el triunfo de la razón está ahora, en manos de los expertos en salud y la ciencia médica.

Profesionales y no charlatanes-oportunistas, deben dirigir esta monumental obra. Hago votos que mis deseos se hagan realidad y dispongamos pronto de un tratamiento eficaz para la infección por el coronavirus, tanto en sus estadios tempranos como en la segunda fase de la neumonía que nos alivie la inquietud que padecemos. La vacuna resuena con fuerza en el horizonte, haciéndonos concebir esperanza de alcanzar logros similares a los obtenidos contra la viruela en nuestra historia reciente de la Medicina.

En este estado de ambigüedades la ciudadanía reclama resolver algo tan obvio como es la prevención y cuidado de la población vulnerable. Durante el devenir de la pandemia hemos aprendido que existen poblaciones que sufren de forma grave, este proceso que se han venido a categorizar como de riesgo. Me refiero a los mayores de 65 años, los asiáticos, los afro-americanos, los ortodoxos judíos, los obesos o los diabéticos que probablemente tengan alteraciones epigeneticas, responsables de esta enfermedad.

La negligencia ejercida con carácter mundial sobre la llamada población mayor de 65 años es insoportable. No es la primera vez que estas conductas inapropiadas se presentan en el abordaje de las pandemias y me provoca  comentar este error de bastas dimensiones para corregirlo.

En el manejo de la prevención cardiovascular  “pandemia reconocida del siglo XX”, se manifestó desde el comienzo, el desinterés en abordar la tercera edad. Los factores de riesgo reconocidos como la hipertensión, el obeso-diabético, o el hipercolesterolemico, han sido motivo de numerosos ensayos clínicos que demostraron de forma incontestable el combatir y prevenir la pandemia .

Tardamos décadas en realizar ensayos clínicos terapéuticos en personas mayores que  quedaban excluidos por la edad. El ahorro que suponía a un sistema sanitario público o privado, era muy sustancial y la salud pública lo veía con complacencia. El paso definitivo para controlar la pandemia cardio-metabólica se ha logrado cuando esta investigación vio la luz.

La edad siempre emergió como factor de riesgo independiente y dominante, sin embargo, la hipótesis de que el desarrollo de la arterioesclerosis se expresaba durante la edad media de la vida y con ella la mayoría de factores de riesgo asociado al envejecimiento arterial-arteriosclerosis, despreció documentar la eficacia de un tratamiento en la tercera edad. La diana “comercial” era el adulto joven. El aumento de la esperanza de vida hizo cambiar de perspectiva a la industria, descubriendo a esta población como nicho de sus intereses y con ello la aparición de ensayos clínicos en mayores.

Intelectualmente se hace costoso explicar que en esta pandemia, en la que como hemos indicado el 80% de las complicaciones y de la muerte, ocurre en sujetos por encima de los 65 años, no hayan sido estas las dianas de los programas de identificación, aislamiento social y ensayo de los tratamientos.

La experiencia dolorosa vivida, admitiendo que los jóvenes ven morir así a sus mayores, como un hecho natural porque ya han vivido demasiado, no nos parece apropiado. Las redes difunden asombrosas expresiones como: ¡Que se den prisa en morir! “los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía (no pagar su atención médica) y no paralizar el país.

Permítanme que “el joven que yo fui” se revele como médico y como persona contra esta actitud que no debe trasmitirse de padres a hijos.

La investigación médica siempre dirige sus preguntas inteligentes en base a criterios de prueba error. Me pregunto sin acritud que si desde el principio, se detectó que las personas que sufren con mayor rigor esta enfermedad son “las llamadas vulnerables”, el foco de atención debería estar en ellos para no perderlos. La investigación de fármacos debería probarse de forma selectiva y prioritaria en esta población de riesgo y utilizar todos los sistemas de apoyo para controlar la neumonía mortal. El perdón público y de los propios médicos por esta imperdonable falta de criterio, debe llegar con un claro cambio de actitud. La investigación más avanzada en forma ensayos clínicos para los tratamientos, prevención y las vacunas debe realizarse en este grupo de vulnerables.

La cacareada y mal intencionada “inmunoterapia de grupo” es una caja de pandora, ya que desconocemos, por el momento, si todos los afectados la obtienen y por cuánto tiempo (días, semanas, meses, estaciones o indefinidamente).

La repercusión de la pandemia en la economía global necesita también profesionales expertos y no ideólogos, que aprovechándose de un mundo trastornado, generen un espantoso cuadro recesión. Estoy convencido  de que intentamos evitar a toda costa, la pasión de los hombres en ciega ira contra los otros. Esto no es un problema de derechas o de izquierdas es de puro sentido común. Lo que hemos venido en llamar humanidad es la capacidad de sentir afecto, comprensión y solidaridad hacia las demás personas.

Esta es nuestra gran oportunidad de hacer visible este factor humano que con solidaridad y responsabilidad, sigamos los consejos de salud como primera medida para salvar a nuestro estado de bienestar.

 

Prof. A. Fernandez-Cruz

Presidente Fundación Fernández-Cruz

Académico de Número RANME

Catedrático-Jefe Servicio Emérito Comunidad de Madrid UCM

 

Madrid, 30 abril 2020